Ensayo sobre “¿Cómo aprendemos?” De Stanislas Dehaene
El aprendizaje humano: un proceso vital
Aprender es más que un simple proceso de acumulación de información; es una actividad esencial que define nuestra existencia. Desde el momento en que nacemos, poseemos conocimientos innatos sobre el mundo que nos rodea, y a lo largo de nuestra vida, el aprendizaje actúa como un mecanismo de adaptación y transformación continua. Este proceso es tan inherente a nuestra naturaleza que podríamos describirnos como Homo docens, la especie que se enseña y evoluciona a través de sus propios descubrimientos. El cerebro humano integra de manera activa y compleja el conocimiento, apoyándose en la plasticidad, la curiosidad, la atención y el proceso de ensayo y error para adaptarse y prosperar en un entorno en constante cambio.
La capacidad del cerebro humano para modificar su estructura y adaptarse al aprendizaje, conocida como plasticidad, es fundamental para este proceso. Sin embargo, el aprendizaje va mucho más allá de esta cualidad: implica construir, ajustar y expandir modelos mentales del mundo. Desde la infancia, nuestro cerebro no solo recibe información; la transforma activamente en conocimientos prácticos, organizándolos en redes internas que le permiten interpretar la realidad de manera efectiva. Lejos de ser una simple esponja o una "tabula rasa", un niño es un científico en miniatura que explora, experimenta y pone a prueba sus propias hipótesis sobre el funcionamiento del mundo. El aprendizaje, entonces, requiere una serie de mecanismos interdependientes. La atención es uno de ellos: actúa como un filtro que permite enfocar en ciertos estímulos y descartar otros, facilitando la concentración en lo relevante. Otro elemento crucial es la curiosidad, que motiva un compromiso activo con el entorno y despierta el deseo de aprender. Estos factores no funcionan de manera aislada; el cerebro segmenta el proceso de aprendizaje en varios niveles y construye modelos jerárquicos para comprender y resolver problemas. Además, el error no es un obstáculo, sino un aliado en este proceso: equivocarse permite al cerebro revisar y ajustar sus modelos mentales, generando conocimientos cada vez más precisos.
A través de este enfoque, el aprendizaje se convierte en un proceso activo y dinámico. El cerebro humano no solo responde a los estímulos que recibe, sino que también proyecta hipótesis y marcos de interpretación, permitiendo que cada experiencia refuerce o modifique el conocimiento adquirido. Incluso el sueño juega un papel esencial en este sistema. Durante las horas de descanso, el cerebro revisa y organiza la información del día, consolidando y ampliando el aprendizaje de manera que, al despertar, los conocimientos abstractos y generales emergen con mayor claridad. A pesar de los avances tecnológicos, ninguna máquina ha logrado replicar la eficiencia y complejidad de este proceso; nuestro cerebro sigue siendo el mecanismo más rápido y preciso para procesar y aprender del mundo.
El aprendizaje humano es un proceso de descubrimiento constante, donde el cerebro actúa como el motor central de cambio y crecimiento. No se trata solo de absorber información, sino de construir activamente modelos mentales que nos permitan interactuar y comprender mejor nuestro entorno. Mediante la atención, la curiosidad, la corrección de errores y la consolidación de recuerdos, nuestro cerebro adapta y refina sus conocimientos. Este proceso, que se extiende incluso durante el sueño, asegura que el aprendizaje no sea un simple acto de memorización, sino una herramienta para explorar y transformar nuestra realidad. En un mundo donde la tecnología avanza rápidamente, el cerebro humano sigue siendo una máquina de aprendizaje sin igual, capaz de interpretar y abstraer la realidad de manera que aún desafía a los mejores ingenios tecnológicos. Aprender es, en definitiva, una capacidad fundamental para la supervivencia y evolución de nuestra especie.
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