Ensayo sobre “Contra-pedagogías de la crueldad” de Rita Segato

 

Raíces de la violencia de género: reflexiones de “Contra-pedagogías de la crueldad” de Rita Segato

 

La violencia es una realidad con la que convivimos diariamente, una amenaza constante de la cual, en muchos casos, apenas sobrevivimos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2003) se define que “la violencia es el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho, o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones” (p.5). Sabemos lo que es, y hasta qué punto puede llegar, pero ¿qué hacemos al respecto? Esta reflexión es aún más urgente en el contexto de la violencia de género, un fenómeno de especial gravedad en América Latina, en la que hay las tasas más altas por cada 100.000 mujeres de feminicidios o femicidios.  La violencia de género, entendida como los actos dañinos dirigidos contra una persona o grupo de personas por su género, y fundamentados en la desigualdad histórica (ONU MUJERES, 2022), afecta de manera desproporcionada a las mujeres.

Es así que, la violencia de género no debe entenderse de la misma manera que la violencia ejercida entre hombres, generalmente relacionada con cuestiones de delincuencia o conflictos de pandillas. En el caso de las mujeres, esta violencia procede, en la mayoría de los casos, de hombres hacia mujeres, y responde a un sistema de poder que permite y legitima el dominio masculino. Esta diferencia sugiere que la violencia de género es una de las formas de violencia más extendidas y estructurales en la sociedad actual. Ante la pregunta de por qué persiste, la respuesta se halla en lo que Segato (2018) llama “pedagogías de la crueldad".

“Pedagogías de la crueldad” se refiere a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a cosificar la vida. Es decir, son aquellas prácticas y costumbres que nos enseñan cómo subcategorizar a los demás de manera que se vea “normal”. Y esto es exactamente lo que sucede con la violencia de género, esta se aprende con las interacciones interpersonales que tenemos a lo largo de la vida, y especialmente empieza desde el hogar. Según Segato (2018):

…(las pedagogías de la crueldad son la) captura de algo que fluía errante e imprevisible, como es la vida, para instalar allí la inercia y la esterilidad de la cosa, mensurable, vendible, comprable y obsolescente.

Una de estas pedagogías, especialmente en Latinoamérica, empieza desde hace siglos atrás, desde la colonización. Evento que hasta hace muy poco se recordaba como un acto heroico, como aquellos que nos “salvaron” de nuestra naturaleza indígena. Sin embargo, fue un evento de imposición y violencia, que hasta hoy tiene repercusiones. Hizo que la relación entre personas sea vaciada y transformada en una relación entre funciones, utilidades e intereses. Esto se denota mucho en el patriarcado, que tiene que ver con este evento pero que viene desde tiempos inmemorables.

El patriarcado afecta a todos, hombres y mujeres. Hace que los hombres tengan esta necesidad de mostrarse más fuertes en todos los sentidos, y que con ello venga la necesidad de mostrarse así frente a sus pares, de allí nace la violencia de género, donde ven a la mujer como un simple territorio el cual tienen que marcar para demostrar su virilidad y fuerza. Entonces, debe abordarse este tema desde el cruce entre el pensamiento decolonial y la crítica al patriarcado. En nuestras sociedades persiste un patrón hegemónico patriarcal que define roles sociales, rituales y relaciones de poder en todos los ámbitos. Este sistema expropia y desplaza a las mujeres a un segundo plano, y mantiene a los hombres en una posición de supremacía. Esta estructura no es casual ni momentánea; es un fenómeno estructural que afecta cada interacción y que está vinculado a un sistema colonial todavía vigente.

Dentro de la violencia de género, la violencia sexual ocupa un lugar destacado y presenta una doble dimensión. Por un lado, existe la relación agresor-víctima, donde se manifiestan distintas actitudes y niveles de familiaridad entre ellos. Por otro lado, se encuentra la relación entre el agresor y sus pares masculinos, que implica una necesidad constante de validación de su masculinidad. En este sentido, la masculinidad es una jerarquía de prestigio que, a diferencia de la feminidad, debe ser probada y reafirmada continuamente. Este mandato de masculinidad se alimenta de actos de crueldad y violencia, lo que convierte a la violación en una prueba de poder y dominación, una demostración de control sobre el cuerpo de la mujer, el cual es considerado un territorio que simboliza la comunidad, la familia e incluso el Estado.

Conforme a esto, antagónicamente, se ha considerado al hombre, con las características ya mencionadas, como un sujeto moralizador al que la mujer lo corrompe: “violador es un sujeto moralista y puritano, que ve en su víctima el desvío moral que lo convoca” (Segato, 2018). Desde esta perspectiva, la violencia sexual no es una expresión de deseo sexual, sino una afirmación política y de control. Es un acto de poder donde el agresor reivindica su masculinidad y reafirma su posición al extorsionar y usurpar la autonomía del cuerpo de la mujer, convirtiéndola en una “cosa,” un objeto despojado de agencia y dignidad.

Entonces, cuando se violentan los derechos de una mujer no se lo hace solo a ella, sino también se profana a la sociedad a la que pertenece, a su familia y también al Estado, que debería protegerla. Es así que, la motivación no es sexual: es política y tiene que ver con la necesidad de demostrar poder a través del control de un cuerpo-territorio. Y esto se ha ido incorporando implícitamente a nuestro pensar, creyendo que los hombres lideran porque son mejores biológicamente, pero esto no es así.  Se ha “biologizado” la desigualdad de género, estableciéndose por medio de la sujeción y la fuerza y luego dándole una razón biológica. Entonces, esta violencia de género se evidencia en todos los campos de la sociedad: político, religioso, etc. Todo lo que nos pasa a las mujeres es empujado al campo de la intimidad, al campo de lo privado, y este imaginario es reforzado a diario. La misoginia es el aire que se respira, las normas de convivencia y el producto de su socialización en la casa y escuela.

Para contrarrestar esta realidad, se propone una contra-pedagogía de la crueldad, que desafíe tanto el patriarcado como el mandato de masculinidad. Esta alternativa exige repensar la masculinidad no como una jerarquía de poder, sino como una identidad libre de la necesidad de dominar. Involucra a los hombres en la lucha contra el patriarcado, no solo en solidaridad con las mujeres, sino también como una forma de liberarse del mandato de la masculinidad opresiva. En última instancia, desmontar este mandato significa desmontar el mandato de la “dueñidad,” y abrir el camino hacia una sociedad más equitativa, vinculante y comunitaria, en la cual la vida y la dignidad humana no se conviertan en moneda de cambio ni en un símbolo de poder.

 

 


Referencias

 

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad (1era ed). Prometeo Libros.

Organización de las Naciones Unidas. (1979). Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer. Recuperado el 28 de Octubre de 2016, de http://www.un.org/womenwatch/daw/cedaw/cedaw25years/content/spanish/Convention-CEDAW-Spanish.pdf

ONU MUJERES. Preguntas Frecuentes: Tipos de Violencia contra las mujeres y niñas. Revisado 29 de junio, 2022. URL: https://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/faqs/typesof-violence

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